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ojos-cerradosLe prometió conquistarla cada día como si fuera la primera vez: siempre con más ganas, con más fuerzas, con más sueños… y sorprenderla, sorprenderla siempre. ¿Cómo? ¿Hasta cuándo? No sabía, para esas preguntas no tenía respuestas, no las tuvo nunca. Prefería no tenerlas.

Prefería pensar que siempre tendría tiempo, ganas, fuerzas… Optó entonces por el mutismo cómplice, por la apacible soledad de aquella habitación donde cada vez quedaba un pedazo más de sus entrañas… porque el tiempo, verdaderamente, no siempre resulta suficiente para todo lo que uno ansía, para todo lo que uno cree, para todo lo que uno siente.

Y así quedaron por un rato, con las manos apretadas, los ojos cerrados y en silencio.

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