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No había música, ni luz, ni luna, ni estrellas… Intentó descubrir palabras en sus ojos pero no pudo, quizás antes de esa noche —sin música, ni luz, ni luna, ni estrellas—, aprendió bien cómo esconderlas. No hubo flores, ni castillos, ni senderos; tampoco hubo pausas, preámbulos ni tiempo.

Por eso nadie pudo relatar luego cómo tomó su mano y la besó despacio, sin protocolos inútiles ni observadores curiosos… sin prisas, sin dudas, sin recelos, con toda la mágica pasión del Universo.

… Y para esta fecha, después de tanto tiempo, ya no es capaz de recordar si aquel beso fue el último o el primero.

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