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tintineos-huellasIncas, mayas, aztecas, griegos, romanos, egipcios… pareciera como si a través del tiempo el destino de todas las grandes civilizaciones hubiera sido el ocaso. Todos los imperios caen, me dijo alguien una vez y todavía no sé por qué no puse ningún reparo a su afirmación. A mí, particularmente, no me parece que lo más importante sea ir gritando por ahí, a los cuatro vientos, que por una u otra razón todos los antiguos imperios han terminado extinguiéndose.

No, no puede ser esa la mejor conclusión de nuestra historia. ¿Y las huellas? ¿Dónde dejas las huellas? Si algo desaparece no deja huellas —ni buenas ni malas. Y de cada imperio “caído” siempre nos hemos traído algo al presente.

Por eso no me conformo con resumir esencias en una frase tan sencilla. Que caigan los imperios no quiere decir que desaparezcan. ¿Y las huellas que quedan por ahí, regadas por el mundo o en las páginas de algún libro? ¿Y Chichén Itzá? ¿Y la Gran Esfinge de Guiza? ¿Y las siete maravillas del mundo antiguo? ¿Y los dioses griegos? ¿Y las historias de Alejandro Magno? ¿Y las pirámides, las momias, el olor a sangre después de las batallas…?

Prefiero seguir pensando que los imperios aunque caen, no desaparecen y que si desaparecen, no necesariamente fue porque cayeron. Casi nunca uno se entera cuando le sobreviene al tiempo un derrumbe; cuándo entrará la ola a llevarse con ella el castillo de arena; cuándo una ráfaga de viento arrastrará hasta el infinito una hoja muerta, o cuándo dejarán de tintinear las estrellas. No, ninguno de esos fenómenos puede predecirse exactamente.

¿Qué más da entonces que caigan los imperios? De sus ruinas, de su historia, de los pedazos oscuros que conservan alguna esencia de crepúsculos, de sus desplomes, de las carcomidas imágenes que recorren el mundo en alguna fotografía, de las leyendas sobre amores entre dioses y mortales, de los cantos de sirenas… de todo eso, nos ha quedado siempre alguna huella, buena o mala, no importa: una huella.

Triste sería si de ellos no quedara ninguna estela. De cierta forma, el ocaso es también un indicio de que alguna vez hubo amaneceres.

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