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tintineos-cincuenta años

Si le preguntan a mi abuelo Nando seguro dirá que cincuenta años es mucho, mucho tiempo. En cincuenta años tuvo una sola esposa, tres hijos, siete nietos, dentro de poco cinco bisnietos, unas cuantas nueras y yernos, un montón de gallos finos, “sepetecientos” animales bajo su cuidado, rompió cientos de sombreros, perdió la cuenta de los kilómetros caminados… y muchísimas cosas más que ahora no vale la pena contarles.

Después de casi siete décadas de vida no se cansa de repetirnos que somos sus nietos su mayor tesoro. “Ya quisiera yo tener la edad de ustedes ahora”, lo he escuchado replicar en varias ocasiones al descubrirnos un poco holgazanes o malgastando energías en dormir de un tirón más de 10 horas. Tampoco entendió nunca la atracción que hasta hace unos años sentía mi prima Zaima por usar sayas diminutas y blusas ajustadas para ir a una fiesta, si cuando el tenía 17 primaveras vestía pantalones de pinzas y mi abuela llevaba prendas mucho más recatadas con las que no andaba enseñando por ahí sus pantorrillas.

“Es que los tiempos cambian ¿acaso él no lo entiende?”, cuchichearíamos nosotras después por los rincones. Nos costó tiempo comprender que si solo susurrábamos por temor a los reproches, cada vez nos escucharía menos. Gritemos pues, estremezcamos el mundo, cada generación lo hizo en su tiempo. También mi abuelo, aunque a lo mejor después de tantos años lo ha olvidado.

Que cambien las modas, los modos y los tiempos no quiere decir que susurremos; que un joven tatúe en su espalda la imagen del Che no necesariamente es irrespeto; que seamos constantes inconformes es también nuestra manera de perfeccionar senderos y construir puentes. A fin de cuentas, los jóvenes de hoy también somos hacedores de imposibles, arriesgados, audaces, imperfectos…

Si soy yo o mi sobrino —a punto de nacer—, quien desanda mañana este camino poco importa, cada uno será siempre hijo de su tiempo. No quiero que él camine tras de mí, tampoco solo —al menos no al principio—, prefiero tomarlo de la mano hasta un punto, aunque llegará el día en que necesite andar por sí mismo el resto del sendero.

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