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Ahora mismo no recuerdo la primera vez que recogí piedrecitas de colores de una playa, pero si de algo estoy segura es que andaba de la mano de mi madre. Con ella aprendí a ver el lado grande de las cosas pequeñas, vi por primera vez las estrellas, me adueñé de la luna, descubrí corazones en las nubes, adopté orugas hasta que se convirtieron en mariposas… y un montón de cosas esenciales.

Ya perdí la cuenta de las veces que de pequeña renovamos nuestro inventario de piedrecitas “porque si no con ellas habríamos podido construirnos una casa”. Y aunque siempre nos prometíamos no volver a recoger tantas, esa pasó a ser una de nuestras pocas promesas incumplidas. “Es que todas son lindas, cada una tiene su magia”, se me antoja siempre ante la indecisión de atesorar la verde o la blanca, la grande o la pequeña.

Con los años no he superado mi adicción a conservar piedrecitas de lugares especiales —que conste que tampoco quiero hacerlo. Ahora no solo sucumbo ante las playas, puedo encontrarme una piedra “linda” en cualquier parte y entonces me asaltan unas ganas irresistibles de llevarla a casa, aunque no siempre puedo: ¡hay lugares… y lugares! Eso lo entienden ¿verdad?

La fecha de hoy me ha hecho recordar un puñado de piedras coloridas y diversas que guardo en una caja azul como un gran tesoro. Las recogí hace poco más de un año en una playa distante, de donde hubiera querido traerme también las olas, el viento, el sol, los peñascos… pero entonces habría sido mayor el sacrilegio.

¿Por qué esas? Pues no lo sé. Creo que entre millones y millones solo ellas tintinearon ante mis ojos mientras avanzaba hacia el simbólico barquito. Y una a una, fui conformando un puñado grande que después cargué en un bolsillo de mi chaqueta, con la ilusión de que todas estaban allí aquel 11 de abril cuando Martí y Gómez desembarcaron por esa playita.

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