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A mis 27 años todavía no he logrado descubrir por qué de vez en cuando me persiguen las hormigas . Sí, definitivamente me persiguen. Se encaraman en mi rostro, en mis brazos, en mis piernas o se aparecen en mis sueños para hacerme recordar la pequeña grieta que dejé bajo la ventana del cuarto de mi infancia, donde cada cierto tiempo, planta su hogar un hormiguero.

Para hacerlas salir de allí no valieron fórmulas mágicas, ni conjuros, ni aguaceros de petróleo, ni duendes encantados. Un día, de repente, decidieron cargar con sus migajas a otro sitio, aunque después volvieron y se fueron tantas veces, que terminé acostumbrándome a compartir habitación con ellas. Desde entonces las hormiguitas extraviadas me dan pena, solas por el mundo se me antojan demasiado frágiles, demasiado indefensas.

No digo que todas las cosas pequeñas sean indefensas. No, no te confundas. La fortaleza no siempre es hermana gemela del tamaño, ni de la valentía, ni de los músculos… En ocasiones solo basta con sonreír más a menudo, pensarte menos, acortar las distancias, perder los temores al abismo, a no recordarte luego… También las promesas incumplidas te hacen débil, te quitan fuerzas.

Te dije ya que no me grites, no estoy sorda. Pero… ¿será posible? No puedo creer que no me entiendas. No voy a olvidar, no me apetece. Pero eso sí, ni se te ocurra hacer igual que las hormigas. Si la próxima vez también te vas sin avisar, mejor no vuelvas, ni te pares a pensarme, ni me mires a los ojos… lo hubieras pensado mejor antes de irte. Tú no eres una hormiga ni yo soy una grieta.

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