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tintineos-encomienda¿Cuándo? ¿Cómo? ¿Por qué? No sé, no me acuerdo. Era tan pequeña, tan pequeña cuando él se fue, que me acostumbré a vivir con su ausencia. Por eso creo que al principio no eché de menos sus palabras, ni sus besos, ni sus abrazos, ni sus regaños… La tenía a ella, y con eso me bastaba para ser feliz, para descubrir magia en las gotas de rocío, para sacar buenas notas en la escuela, para sonreír, para creerme princesa…

Nunca se me ocurrió preguntar dónde estaba o por qué jamás lo vi en una reunión de padres como el papá de Malule. De niña tuve poco tiempo de extrañarle. Pero crecí, todos lo hacemos. Y me acostumbré a verlo cada vez con menos frecuencia, a no contarle nunca sobre mis amigas, ni sobre mi primer novio, ni sobre ninguna de esas cosas tontas y esenciales con las que poco a poco se arman nuestros días.

Y me hice adulta, sabiendo que también se puede prescindir de los imprescindibles, aunque a veces quedó el morral llenito de preguntas, de ideas, de utopías… que no encontré con quién compartir porque nacieron con un único dueño. Y aprendí a ser feliz sin esa parte, aunque de vez en cuando me sorprende un nudo insoportable en la garganta y quiero gritar pero no puedo, y quiero llorar, pero no aparecen las lágrimas, y quiero mirar, mirar profundo, pero no me alcanza la mirada.

Crecer. Vivir. Volar. Escribir. Soñar. ¿Dónde estabas cuándo intenté todas esas cosas? ¿Te enteraste? No lo creo. ¿Sabes cuál fue el material más difícil que algún jefe de redacción me ha encomendado? Hablar sobre ti: escribir una crónica linda sobre el día de los padres.

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