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Tintineos-CeciliaDebí publicar ayer estas líneas. Pero ayer fue un día triste, un día de ausencias, de reprimir sollozos, de sentir y no decir, de querer y no poder. Y para colmo de tantos males, desde horas tempranas de la mañana una voz sobria y refinada se empeñaba en repetir en mi oído: “Cuelgue y espere unos minutos por favor, hay congestión en las líneas”.

¡¿Congestión en las líneas para mí?! Por qué, por qué… si yo merezco un galardón de ETECSA por ser tan buen cliente, por utilizar día tras día sus servicios y reportarle cientos de pesos de ganancia durante todo el año. Si ETECSA realmente tuviera en cuenta mis llamadas a deshora, de un minuto, de 10, de 30… ¡siempre al mismo número! a lo mejor valoraría la posibilidad de establecer una tarifa especial de larga distancia entre el municipio Cerro y Chaparra.

Ayer amaneció domingo, dicen que domingo de las madres. Como desde hace algunos años, otra vez las distancias se interponen y se acumulan las palabras. La imaginé desandando sus lugares comunes, sonriendo a todos, aunque a veces le pesen demasiado las nostalgias y se le dificulte mantener el equilibrio del mundo, su mundo, mi mundo, nuestro mundo.

Recordar sus ojos me enmudece. Desde su iris aprendí a volar, a querer, a crecer, a soñar… aprendí tantas, tantas cosas, que todavía no he logrado descubrir cómo fue capaz de conseguirlo. Creo que por eso para ella casi siempre me quedo sin palabras: ninguna es lo suficientemente genial, ni lo suficientemente perfecta.

Era mucho más joven que yo cuando tuvo que aprender –sin que nadie le enseñara-, cómo hacer de papá y mamá al mismo tiempo. Tampoco nadie le dijo cómo trastocarse en maestra, enfermera, constructora, costurera… siempre en dependencia de mis sueños o caprichos.

Por eso para mí, todos los días se parecen. Un segundo, otro y otro más… cada milésima le pertenece.

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