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tintineos-desaparicionesDesde aquel día en que el cielo comenzó a caerse en pedazos, jamás he vuelto a ver la luz detrás de las colinas. Dicen que fue la lluvia, que de tan persistente arrastró cuanto encontró a su paso. Se llevó la hierba seca, las campanillas de diciembre, los troncos regordetes, las nubes esponjosas y blanquísima, los gorriones, las pupilas de la luna, los amaneceres… y todos, toditos los arcoiris del Universo.

Ese día erraron todos los pronósticos meteorológicos. Y nadie se explica cómo desde entonces las lechuzas comenzaron cazar de día; las mariposas se convirtieron en orugas, las abuelas en nietas; y los leones comenzaron a sentir un miedo horrible por ranitas verdes e indefensas. Y así, sin más, el mundo quedó patas arriba de repente.

Ya agité la varita mágica sobre el sombrero de paño, el de copa, el de yarey… hasta sobre la gorra azul, pero nada. Todos los intentos para restaurar el orden continúan siendo infructuosos.

Si no lo viera con mis propios ojos nadie podría convencerme de que algo semejante sucede. Pero son mis ojos, ya lo comprobé un montón de veces antes de escribir estas líneas. La culpa es del arcoiris, que desde aquel día ya no aparece después de las tormentas. Si alguien lo secuestró, lo robó o lo tomó prestado, por favor que lo devuelva. Sin sus siete colores es demasiado triste el Universo.

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