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tintineos-búsqueda¿Dónde estás? ¿¡Dónde!? No. No te escucho. ¡Repítelo con más fuerza! ¿Cómo se te ocurre desaparecer ahora? Anda, sal ya. No me gusta jugar así a los escondidos. ¿¡Qué cuente hasta cien dices!? ¿Otra vez? ¡A este ritmo voy a llegar al millón! Está bien, tú ganas. Cuento… uno, dos, tres… ¡cien!

¿Y ahora? No voy a correr tras de ti. No me gusta. ¿Por qué susurras? Ando demasiado absorta, tal vez por eso no puedo escucharte bien. A ratos me parece que gritas, pero tampoco puedo verte. Ni siquiera cuando cierro los ojos apareces.

Está bien, abro los ojos. Te percibo, te intuyo, te huelo, te presiento… pero no, no llegas. Al menos no tan fácil ni con tanta frecuencia como a veces quisiera. Dicen que siempre fue así: desde chiquitica sonreí poco. Y de casi nada servían arrumacos, chistes, payasadas o historias felices.

No es que no quiera, juro que lo intento… pero las carcajadas solo llegan de vez en vez. Por eso a veces se me ocurre pensar que las sonrisas no están hechas para mí ¿o será viceversa? Por suerte, lo mejor que tienen mis sonrisas -aunque son pocas-, es que casi siempre me sorprenden cuando menos las espero o cuando más las necesito.

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