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abrir-la-puerta-sAlguien toca a la puerta. Se esconde. Toca otra vez. Ella vuelve sobre sus pasos, todavía soñolienta, y descorre otra vez el cerrojo. Nadie espera en el umbral. Cierra y vuelve a la cocina. Una vez más el toque impertinente. Duda un instante, pero definitivamente abre. Han vuelto a esconderse, pero esta vez en el umbral han dejado una migaja y a lo lejos otra, y otra más. Avanza tras ellas.

¿Será un fantasma, una aparición, un duende? Deja marcas perceptibles en la llovizna matutina. Las sigue un trecho. Después desaparecen. Y entonces piensa en las infinitas circunstancias que a esa hora y en ese lugar se oponen al encuentro. Esta vez fue la llovizna matutina, pero igual pudo ser el viento, una ola, una tortuga, un traspiés, una llamita indefensa, un gesto apurado, una palabra…

¿Cuántos hechos habrán de sucederse para que dos personas coincidan en el mismo espacio y lugar, a la misma hora y el mismo día? ¿Qué hubiera sucedido si la llovizna no hubiese borrado sus huellas, si después del último toque no se hubiera demorado tanto en abrir la puerta, si hubiera amanecido más temprano, si nunca jamás hubiera encontrado las primeras migajas?

¿Perdidos por azar? ¿Casualidad? ¿Causalidad? Vaya intríngulis con la que llegó la mañana.

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