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FinaEn la Universidad me enseñaron a admirar su poesía. Me hablaron sobre sus inicios en el grupo “Orígenes”; sobre su amantísima vida con el inolvidable Cintio y el constante estudio y divulgación conjunta de la obra Martina. Supe también sobre sus investigaciones y críticas literarias; sobre sus ensayos y numerosos premios.

En la Universidad, verdaderamente, me enseñaron a admirar la obra poética de Fina García-Marruz, pero se me antoja ahora que el programa lectivo quedó apenas en la epidermis.  A mi profe de Literatura Cubana no le alcanzaron las horas-clase para adentrarnos en las esencias de esta mujer menuda de cuerpo, de mirada humilde y corazón inmenso, de intensa devoción revolucionaria. No le alcanzaron las horas-clase para hablarnos de la mujer de carne y hueso, católica ferviente, honesta y sencilla, que encierra en su vida tantas esencias.

Fina fue condecorada ayer con la Orden José Martí por el Presidente cubano. Eso ya no es noticia, lo sé. Pero ayer no me nacieron estas líneas, y ayer, honestamente, descubrí a una Fina que para mí era ajena hasta entonces. Lo confieso y me sonrojo. Me declaro ignorante.

Verla allí, emocionada hasta las lágrimas, agasajada con ternura por Raúl —olvidando por instantes el protocolo que “dicta” seguir un acto tan solemne—, tomados de la mano ambos como si fueran dos niños traviesos, sonrientes, agradecidos mutuamente, me descubrió una Fina más real, más cubana, más universal… y sin horas-clase de por medio.

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