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tormentaPodría ser peor, pienso. Mientras, la impertinente lluvia matutina me impide abandonar nuestros 30 metros cuadrados. Llegar a la oficina. Necesito llegar a la oficina. No soporto eso de sentirme inútil, de perder mi tiempo porque sí, de que alguien decida por mí cuándo y hacia dónde debo moverme. No soporto esta lluvia carcelaria, tremebunda, triste, aunque en el fondo inspire algún tipo de ternura, algún tipo de poesía.

Pero definitivamente podría ser peor. Podría, por ejemplo, estar a la espera de una guagua que nunca se sabe verdaderamente a qué hora llega, o podría estar calándome hasta los huesos en medio de la nada, sin árboles, ni casas, ni techos salvadores para guarecerme.

Sí, podría ser peor. Afuera llueve. Llueve con premura y arrebato, sin pausas… Pienso entonces en quienes no tuvieron tanta suerte y desandan la mañana en medio de esta lluvia impertinente; pienso en quienes ni siquiera han podido alcanzar espacio protector en la parada; en quienes perdieron su paraguas o no han podido comprarlo, en quienes no pudieron secar ayer los únicos zapatos para asistir hoy a la escuela o llegaron a ella “ensopados como un pollo”…

Podría ser peor, definitivamente. Por suerte no lo es, por suerte. Yo al menos estoy seca. Dentro solo un pequeño tintineo delata la tormenta.

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