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HeridasCada nuevo amanecer trae una amenaza distinta. Otra vez los gritos apurados y a veces humillantes. Casi nunca tienen hora exacta. Simplemente nacen. Sin pedir permiso escalan las paredes comunes del edificio, inundan todos los espacios, me exasperan. Me duelen también a mí aunque no me toquen, aunque nadie jamás me haya lanzado semejantes improperios.

No la conozco. ¿O sí? Sé que tiene nombre, que anda por la vida aparentando ser fuerte como roble, que también sueña y da los buenos días, las buenas tardes… Pero no, definitivamente creo que no la conozco.

A veces la imagino poseída por alguna clase de demonio. Creo que por eso grita, maldice, asusta. Tal vez es la única forma que conoce para intentar doblegar la oscuridad que a ratos la consume, para ahogar la desesperación de no tener, para intentar prepararla un poco ante la vida… “¿Así? ¿Será esa la mejor forma?” No creo.

¡Tú lo que debías es morirte! Le espeta a rajatabla, como quien se enfrenta a la más perversa de todas las criaturas que existen en el Universo. ¿Cómo puede desearle semejante barbarismo a alguien nacido de su propio ser, de sus propias entrañas? ¿Cómo? ¿Cómo? ¿Cómo lo logra? Ella no sabe. Yo tampoco.

Una sola frase basta a veces para hacer crujir el más estabilizado de los mundos, para que las heridas permanezcan de por vida, para injertar la semilla de la duda, de la desesperanza… Ahora entiendo por qué la pequeña también grita.

Allá abajo, tras los muros, cuando se hace el silencio, todos se pierden un poco cada vez… irremediablemente.

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