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Traigo carta

Mami se asustó. Tomó rápidamente el teléfono. Marcó los nueve dígitos de mi oficina, e ignoró, por algunos minutos, la tarifa “asesina” de ETECSA que nos impide comunicarnos con mayor frecuencia antes de las seis de la tarde. ¡Dice el cartero que en el correo hay una carta certificada para ti y no pueden entregársela!, me dijo así, de carretilla, sin respirar apenas, entre sorprendida y confusa.

Imagino entonces las decenas de preguntas que aparecieron ante ella ¿Quién escribe? ¿Para qué? ¿Por qué? ¿Cómo llega una carta a esa dirección, a tantos kilómetros de mi nuevo domicilio? Y claro está, comprendí sus dudas. Hace años nadie me enviaba cartas por correo. Y cuando escribo correo, no imaginen gmail, yahoo o cualquier otro servicio de moda. Hablo, ciertamente, del correo postal aunque algunos no me crean.

Yo, ante el asombro de Cecilia no pude hacer más que reír a carcajadas para luego confesarle: no te preocupes, estoy segura que esa carta es de Leydi. Efectivamente, era suya, aunque solo diez días después —cuando fui de vacaciones a Las Tunas—, pude disfrutar sus líneas.

Esa fue su última carta, pero no la primera.

Sus textos aparecen sin motivos ni pretextos —nuestra amistad no los necesita, ambas lo sabemos. Tal vez por eso sus palabras lo mismo acompañan búhos de cera que sopas instantáneas — dice que para ayudarme a cumplir mis metas de buena esposa. Pero lo mejor, les aseguro, es que sus letras llegan siempre como bálsamo salvador ante ciertas nostalgias y maldades que de vez en cuando amenazan con pintarme de gris el arcoíris.

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