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SeptiembreDicen que ese día no solté ni una sola lagrimita, que Cecilia me espió un rato por la rendija de una ventana por si las moscas… ¡y nada! Dicen también que en la familia todos quedaron boquiabiertos. Yo, tan apegada siempre a mami, me desprendí esa mañana como si toda la vida —escasa con tan solo cuatro años—, hubiera estado esperando ese momento.

 

Así comenzó mi septiembre de 1989. Pero desde mucho antes los preparativos en casa para esa fecha fueron una fiesta. Todos hablaban de septiembre, y la escuela, y el preescolar, y la maestra Malela. Mucho antes del noveno mes del año en casita ya habían aparecido los uniformes nuevecitos —aunque siempre demasiado laaaargos para mi escasa estatura; los pequeños tenis que uno u otro tío obsequiaba —creo que nunca en mi vida he vuelto a tener tantos pares de zapatos; la jabita para la merienda; el pomo acorazonado para el refresco; las servilletas de mami con dibujos ocurrentes; el mantel para modelar con plastilina; el cojín con cuadros azules para poner en la silla; la toallita identificada con mi nombre; el cepillo para los dientes; el delantal para usar al dibujar con acuarelas… y un montón de cosas más que ahora acuden a mi mente.

Mentiría si digo que recuerdo mi primer día de escuela. Ese día, exactamente ese día, no he logrado recordarlo. Lo que llegó después sí. Lo que llegó después ya es otra cosa…

Cierro los ojos y todavía aparecen ante mí los rostros de casi todos mis primeros compañeros de aula; la maestra Malela, tan dulce y comprensiva desde siempre, dotada de algún súper-poder capaz de ayudarla a llamarnos a cada uno por nuestro nombre. Casi todos nombres raros, muchos puro invento, algo común por aquella época en la sociedad cubana… Años después Malela confesaría que nunca antes, ni después, tuvo tantos Yosvel, Yilan, Yuset, Yaima, Yoan, Yunier, Yaniuska, Yunior, Yoendry… juntos en una misma aula.

Cierro los ojos y me veo a mí, pequeñísima, parada ante el inmenso pasillo de mi primera escuela; jugando al policía y al ladrón, como en Rin Tin Tín y la brigada canina; luciendo el vestido de Blancanieves que con tanto esmero cosió mi tía Sonia; recitando frente a todos La bailarina española —tal vez la única poesía que he recitado en público en mi vida. Cierro los ojos y me veo intentando perfeccionar los trazos en el cuaderno de caligrafía; queriendo estar ya en el próximo septiembre para leer solita cada uno de mis libros, para poder tener la pañoleta…

Cierro los ojos y, otra vez, me veo ante algún pasillo de alguna escuela cubana, intentando enseñar a mi pequeño —aún sin fecha exacta de llegada— a añorar también cada septiembre, año tras año.

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