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Me asusta. Lo confieso. A veces me asusta demasiado el tiempo, sobre todo cuando anda uno como barco a la deriva, sin brújula, con demasiadas olas perturbando alrededor, con murmullos ensordecedores que opacan los sentidos, y ráfagas intempestivas que amenazan con mandarlo todo a las más oscuras profundidades del océano.

¿Qué hacer? ¿Cómo mantener el equilibrio en medio de tanta turbulencia, en medio de semejante estupor e incertidumbre? ¿Cómo acallar entonces ese mar embravecido y egoísta que se anuncia superior, indomable, inalcanzable? ¿Cómo traer de vuelta la apacible quietud de las olas en la orilla?

Por suerte estás. Por suerte apareces siempre para un nuevo rescate, para espantar un poco esos demonios y llevarme de regreso hasta el silencio. Entonces vuelve a ser una bendición disponer de tanto tiempo, y la mueca alargada del encuentro se transforma, otra vez, en cálida sonrisa.

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