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dannaMeñique baila, gesticula, sonríe… y el público se muere de la risa con sus tantas ocurrencias, con sus maneras infantiles y cómplices. Lo hace con una agilidad sorprendente, como si llevara años inundando de magia y alegría los escenarios, pero no, no son tantos años, la pequeña Danna tiene apenas tres. Justamente ella interpreta el papel del ingenioso hombrecillo en la más reciente puesta en escena de este cuento de La Edad de Oro que nos regala La Colmenita, la compañía infantil de teatro que desde hace un montón de años dirige Carlos Alberto “Tin” Cremata.

Danna es un ángel, un ángel de tres añitos con una destreza extraordinaria, que domina los difíciles trabalengua-poemas de Mirta Aguirre y este fin de semana supo echarse en un bolsillo al público del Karl Marx, un monstruo de más de cuatro mil personas con el que prácticamente hizo lo que le dio su real gana. Y alrededor de ella cobró vida el sorprendente espectáculo “Meñique y sus amigos músicos”, donde hasta los más entraditos en años gozaron de lo lindo.

“Trepadas” en el escenario, con ese mágico don que las hace actuar, bailar, cantar, reír, soñar… se nota cómo las inquietas abejitas disfrutan intensamente cada parlamento, cada meneo de cintura, cada guiño, cada aplauso. Por encima de sus disfraces se les salen la alegría y el talento. Suerte la nuestra que a través de los años en la tropa de pequeños príncipes enanos continúan naciendo Meñique, Cenicienta, Elpidio Valdés o el Ratoncito Pérez, no importa si lo hacen en pomposos escenarios o en la plaza más oscura.

Más allá de la genialidad artística que imprimen a cada puesta en escena, sus ojitos casi siempre tienen un brillo especial que invita, que contagia de felicidad, que enamora. Y es que la Colmenita se ha transformado en un proyecto increíble, humano, bondadoso… en el que siempre hay espacio para más. Un proyecto donde grandes y chicos no solo desarrollan habilidades y se adentran en complejas técnicas artísticas, todos juntos también han aprendido a crear jugando, a compartir esencias, a hacer el bien.

Mucho se ha escrito ya sobre la gran familia que compone esta singular colmena, pero mucho habrá que escribir todavía. Mucho falta por contar aún sobre sus delirantes funciones en los más recónditos pueblos cubanos y las risas arrancadas allí a pequeños y adultos que jamás han pisado una fina alfombra, ni han escuchado hablar sobre las técnicas de clown, tramoyas o telones de boca.

Mucho falta por contar aún sobre espectáculos nocturnos en plazas de barrios humildes alumbrados solo por las luces de un jeep; sobre los muchísimos juegos; sobre la complicidad con Martí, con los héroes, con las canciones de Silvio; sobre las tantas colmenitas esparcidas por los más variados rincones cubanos y del mundo; sobre la gran familia que crece y crece en la Casona del Vedado.

No sé ustedes, pero al menos yo, cerca de ellos casi siempre olvido, olvido hipocresías, frivolidades, desencantos… y la vida me parece entonces un poquito más dulce, menos gris, más alejada de entuertos. Porque ellos son luz y amor, y tras sus huellas me queda siempre un nuevo pretexto para amar, para creer en los sueños.

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