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mascaraParpadea, parpadea otra y otra vez. No pronuncia palabra, ni quejido, ni zumbido, ni atina a ningún otro gesto. Absorta en sus palabras no deja de preguntarse cómo puede alguien vivir con tan pesada carga a cuestas, con la mirada huraña, siempre a la espera de cuál máscara poner ante su rostro, cuál sonrisa lucir, cuál frase escoger para impresionar, para ganar adeptos…

Pero lo más triste no es eso. No.

Lo más triste es que a veces uno se confunde, y confía ciegamente en la veracidad de las palabras, en la bondad de un gesto “desinteresado”, en la sencillez de una sonrisa.

A estas alturas descubrir alguien así no debía afectarle tanto. Pero le afecta, le entristece sobremanera y le siembra demasiadas dudas, demasiados malos presentimientos.

A estas alturas debía ya saberse de memoria que personas así son obstáculos inevitables —que no quiere decir lo mismo que infranqueables. Pero a estas alturas todavía duele, desconcierta, enmudece.

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