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Para Marcelo

“¡Partooooooooooooo!” Fue esa la palabra más temida y añorada en los últimos siete meses. Ahora, con cabeza fría y sin dolor en ninguna parte de mi cuerpo, disfruto a Marcelo dormir plácidamente en su coche, y no dejo de preguntarme una y otra vez de dónde aparecen tantas fuerzas… no solo físicas.

La doctora lo había anunciado: “será un parto difícil, peor aún, el pronóstico es incierto…”. Cierro los ojos, intento no pensar, no sentir, no llorar… lo intento pero no, no puedo.

Después de un par de horas ha dejado claro que quiere nacer aunque todavía no le toque; aunque el equipo médico “pruebe de todo” para que siga dentro un poco más de tiempo; aunque mamá le suplique que en unos días será mejor para él porque estará más fuerte…

Entonces los segundos comienzan a volverse eternos, incontables… Duele, duele hasta el infinito… No anuncio nada nuevo, lo sé… pero duele, más aún cuando el primer llanto es débil, apenas perceptible… cuando el pronóstico continúa siendo incierto.

Pero sus pulmones están fuertes aunque sean inmaduros, el llanto estremecedor llega, y al menos en ese momento es dulce melodía para estos oídos cansados; para este corazón exhausto; para estos brazos que se quedaron a la espera del primer abrazo ensangrentado, jadeante…

Ahora, en casa, duerme como angelito, regordete, feliz… y esta nueva vida —ahora más completa— se anuncia estremecedoramente feliz, aunque esta madre primeriza no deja de asustarse, de llorar, de seguir sacando fuerzas ante los incontables desvelos, llantos a deshora, incertidumbres, miedos….

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